Los que han leído mi relato: “La primera vez que fui sodomizado” saben que mi primera experiencia homo, después de muchas dudas y consultas con mi siquiatra, la realicé con Raúl; hombre extraordinario que hizo que mi primera vez fuera maravillosa. Lo que pudo ser una experiencia traumática, gracias a él, se convirtió como digo, en algo sublime.

Después de hacer el amor. Después de que Raúl consiguiera que mi mente comprendiera lo extraordinario que es saber lo que una mujer siente ante el abrazo de su hombre, se creo en mi una pequeña confusión: tenía muy claro que deseaba volver a ser mujer otra vez en sus brazos. Sentir aquellos besos en los que me concebí rendida y abandonada en su regazo; que volviera a penetrar mi ano hasta lo más hondo de sus profundidades, y bañar mis intestinos con su torrente de semen. ¡Y aquellos besos después del acto! cuando todas las pasiones quedan dirimidas y se tiende al hastío; fue quizás el momento más entrañable; pues si antes de amarme fue un caballero, después de amarme fue un señor. Por eso mi confusión se creaba en torno a esas sensaciones que tanto me seducían, y me preguntaba: ¿Seré maricón?

Me tenía abrazada (permitan que hable en femenino, ya que en estos momentos me siento muy mujer) y acariciaba mis cabellos con sus ojos cerrados, me sacó de mis ensimismamiento

-¿Has gozado, mi amor? Me dijo con una expresión en sus ojos que reflejaban sinceridad.
-Le devolví la mirada, ya que me encontraba ligeramente mirando hacia la nada, absorta en mi misma, intentado centrar en ella mi más sincero agradecimiento.
-Mucho, mucho, cariño. Has realizado el milagro que esperaba con temor y esperanzas: sentirme mujer, y a tu lado me siento la más feliz del mundo.
-¿Te duele?

Esa pregunta me dejó un poco perpleja. No, no había sentido ninguna sensación de malestar en mi zona anal, quizás mis elucubraciones habían actuado de anestesia, pero ahora que me lo decía, de repente sentí en mi ano no dolor, si no una especie de vacío similar a cuando se va estreñido, pero que me satisfacía en extremo, ya que me creía una doncella desvirgada. Esa sensación me lo demostraba, y mi mente lo asumía como tal. Mi “coñito” estaba un poco irritado por su desvirgamiento, pero dispuesto otra vez a recibir los 22 centímetros de mi amado Raúl.
-No cariño. No siento ningún dolor. Le mentí deliberadamente, ya que comprendía el objetivo de esa pregunta al rozar mi rodilla con su polla totalmente erecta, cosa que me demostraba a mi misma que Raúl me deseaba, y mis instintos de mujer se potenciaron al máximo; ser deseada por un macho, es otra de las sensaciones más hermosas que una mujer pueda experimentar.
-Me encantaría otra vez sentir tus entrañas. Me dijo con aquellos ojos tan espontáneos y nobles.
-Y yo sentir otra vez toda tu hombría dentro de mi.
Y ni corta ni perezosa me dispuse a “comerme” su polla. La primera polla que me iba a comer en mi vida. (Juro que en este momento estoy muy húmeda)
Me arrodillé ante sus miembros, y él me ofreció una sonrisa complaciente.
Por mi mente pasaron cientos de imágenes de felaciones vistas en las películas porno, y me dispuse a hacerle una mamada inolvidable.
Eche de menos, ese olorcillo natural de la polla, olor que no desagrada como tampoco desagrada el olor del coño cuando huele a coño. Ese aroma que enerva el sentido del olfato y que te lanza a la vorágine. Raúl, inmediatamente después de sacarla de mi recto en la penetración anterior, fue a lavarse, de ahí que la tuviera limpia como una patena.
Tomé sus testículos con mis manos y los acariciaba muy lentamente, mientras mi boca mamaba de su polla en movimientos ascendentes y descendientes cadenciosos, insistiendo en la zona donde al hombre le da más placer: en el frenillo. Igual que las mujeres por ley natural saben “comerse” un coño mejor que un hombre, por esa misma lógica, un hombre sabe donde debe abundar con su boca en la polla.
-¡Ufffffff! ¡Que bien me la chupas..! ¡Uffffff! –Exclamó con voz trémula que no dejaba lugar para la duda que estaba gozando a tope.
Ahora, en ese momento, es cuando ser mujer me producía tales sensaciones de locura, que jamás había experimentado como hombre. “Mamar” su pene me trasladaba a situaciones tan excelsas que tenía la seguridad que me hallaba en el cúspide del placer de los sentidos. No podría existir en este mundo algo tan egregio como lo que yo sentía. Estaba ubicada en el imperio de los mismos.
Deseaba con todas mis fuerzas saborear el semen de Raúl, pero también deseaba con más fuerza si cabe, sentir otra vez mi recto lleno de su carne; por lo que tuve miedo que si extraía su néctar con mi lengua y boca, no volvería a tener otra erección, por lo que decidí parar antes de su eclosión.
-Cariño. ¿Te importa que te corras dentro de mi como antes?
-No mi amor. No te preocupes, sigue “mamando” un poco más, la chupas como “los ángeles”.
La sorpresa que desbordó todo el placer de mis sentimientos fue lo que hizo Raúl inmediatamente después.
Me colocó de rodillas, con mi esplendorosas nalgas en pompa, todo mi ser estaba a su disposición dispuesto al “sacrificio” que parecía inminente. ¡Pero oh Dios, qué es esto!
Por mi ano sentía deslizarse algo viscoso y espeso que producía tales vibraciones y enervaciones en mi cuerpo y alma que no las podía resistir. Raul me estaba chupando el ojo del culo con lametones circundantes, que desde el mismísimo escroto hasta la mismísima nuca me recorría una corriente de electricidad que me llevaban al paroxismo del placer.
¡Dios mío! Pero que placer más exquisito. Es algo inenarrable. La forma que me lamía el ojete era celestial: vueltas y más vueltas alrededor, repicando con la punta de la lengua en el centro cada cinco o seis circulaciones. ¡Como supimos los dos, que mi ano estaba preparado para recibir sus 22 centímetros de polla.
¡Ahhhhhhhhhhh! Mi grito de placer fue desgarrador. Sentía en toda su intensidad el cuerpo de Raul dentro de mi. ¡Dios mío! ¡Qué sensación más paradisíaca es esa de sentir su pene bombeando mi recto! Sus manos aferradas a mis nalgas; sus cojones repicando otra vez como campanas en los míos; embistiendo de una forma bestial mi trasero como si pretendiera arrancármelo de cuajo, en cada envite me arrancaba un cacho del alma.
El primer empujón que delataba su primer chorro de semen fue brutal, fue tanta la fuerza que le imprimió que sentí su polla hasta el estómago; los empujones posteriores fueron remitiendo en intensidad... ¡Qué placer más exquisito notar como su semen inunda tus entrañas....!
Pero la verdadera gloria fue como la sacó de mi ojete. Lentamente.. muy lentamente me la iba sacando. Notaba perfectamente como se deslizaba por mi recto, milímetro a milímetro de su mástil se debatía en retirada. Mi culo lloraba de pena despidiendo al objeto de su inmenso placer. Le pedí por favor que mantuviera su polla aun erecta dentro de mi. Bastaron tres toques de mi mano, para derramar también yo todas mis ilusiones blancas.
Quedamos exhaustos, rendidos, postrados.... ENAMORADOS.